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Lo barato es caro

Refrán muy manido pero tan real como la vida misma. Y el caso que nos ocupa lo es. La situación es la siguiente: dos comunidades de vecinos, dos amigos que entran a presidir cada una de ellas y que hacen balance al final del año. Y con el LED como protagonista.

Ambrosio, sesenta y un años. Calvo desde los veintiséis, una prominente barriga anticipa su llegada a cualquier parte. Tiene el mismo móvil desde hace diez años. Le funciona, así que para qué lo va a cambiar, proclama ufano a todo aquel que quiere oírle. Gustavo tiene diez menos. Se ha echado algo a perder en los últimos años pero todavía conserva un cierto porte ágil, una cabellera ya entrada en canas y un móvil de última generación en el bolsillo que, a ojos de su gran amigo Ambrosio, al que conoce desde los diez años pues son del mismo pueblo, le parece una enorme pérdida de tiempo y de dinero.

luces-led-menos-watiosEn marzo del pasado año comenzaron a ejercer como presidentes de sus respectivas comunidades de vecinos, ubicadas en una céntrica calle de una localidad del extrarradio de Madrid. Pisos anticuados, vecindario entrado en edad y gastos por todas partes que, por suerte para los dos, controla y gestiona el mismo administrador. Ambrosio tenía claro todo lo que estaba de su mano: colocar los carteles que avisaban de la venida del hombre de la luz, del gas, etcétera, puntualmente en el portal; controlar la entrada de publicidad colocando un buzón exterior para que los carteros comerciales no brasearan los buzones de los vecinos; y cambiar de cuando en cuando, o sea, en el momento que se fundieran, las luces del descansillo de cada piso. Las mismas atribuciones que las de Gustavo. A los quince días de ejercer como presidentes, ambos se encontraron en el bar de la esquina de su calle que regenta un afable extremeño. Con el café de por medio, hablaron de lo divino y de lo humano. Y entre esos temas estaban las bombillas de la luz, que según Ambrosio duraban menos que un chuche a la puerta de un colegio. Menos mal que compró como quince o veinte en una tienda oriental, le explicó a su amigo, para todo el año, porque si no le iba tocar visitar dicha tienda con frecuencia y así se ahorraba el viaje. Gustavo también hizo lo propio, solo que él, desde el principio, habló con el administrador y decidió sustituir todas las bombillas por LEDs. Cuando Ambrosio le preguntó por el coste casi le dio un patatús. A él, todas las bombillas juntas, le habían salido por la décima parte, como mucho. Se tomaron el café y se marcharon a casa.

Iluminación-LED-menoswatios

A los dos meses, Ambrosio comenzó a quejarse de que las bombillas de la tienda asiática eran una porquería y prácticamente había gastado la remesa adquirida nada más entrar a presidir la comunidad. Gustavo sólo sonreía. A los seis meses, lo mismo. Al dejar la presidencia, el día del traspaso de poderes, Ambrosio se ciscó en la tienda asiática y en todos los asiáticos del mundo mundial, según gritó a los cuatro vientos para que todos le escucharan bien. Gustavo, por su parte, advirtió al siguiente vecino de que no hacía falta comprar nuevas bombillas para el descansillo durante un largo periodo de tiempo. ¿Cuánto?, le preguntaron. No respondió. Seguramente algún vecino ni quiera viviría para contarlo.

Por cierto, además de darle la razón con lo de las bombillas LED, al mes, Ambrosio se compró un nuevo móvil. Igualito que el de Gustavo 😉

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